Tal vez por lo enigmático de su personalidad caleidoscópica todo lo que lleva el sello de Leonardo Favio ha adquirido una aceptación que trasciende diferentes públicos, esto es targets y edades. Si bien como cineasta logró su lugar más innegable, los discos de Leonardo Favio van instalándose poco a poco en el gusto de los más difíciles. Van logrando combatir prejuicios muchas veces snobs.
Favio nació en 1938, en Luján de Cuyo, Mendoza. De adolescente emigró a Buenos Aires y muy pronto comenzó a participar en importantes papeles de clásicos cinematográficos de la talla de El jefe (1958, Fernando Ayala), El secuestrador (1958, Leopoldo Totte Nilsson) o La mano en la trampa, de 1961, también de Torre Nilsson. Fue junto al realizador de estas dos últimas películas, a quien Leonardo apodaba cariñosamente Babsy, que, aunque irregular como actor, (él mismo lo ha dicho) se formó como cineasta. Muy joven filmó Crónica de un niño solo (1965), Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más (1967) y El dependiente (1969), filmes hoy de culto, y en su momento también quizá, pero fracasos de público. Aunque los primeros pasos como cantante los dio en 1966, pasaron sin pena ni gloria. El primer pie firme que puso sobre el universo de la música popular fue en 1968 con la venta de 250.000 placas del simple de “Fuiste mía un verano”, para la CBS compañía para la que editó durante mucho tiempo. El long play homónimo alberga clásicos imbatibles, bellas melodías, viscerales, a veces kitsch, apuntaladas por buenos arreglos musicales de Mario Cosentino, subrayando la precisión de las canciones con cuerdas y vientos (oboes, por ejemplo!), sobrepasando lo que era un producto medio de venta masiva en Argentina. Es eso lo que hace que quizá, hoy en día, este disco, especialmente este disco, viva en los anaqueles de artistas que no tienen estima por los músicos populares con los que Favio reñía los primeros puestos (léase Palito Ortega y Sandro), así como una fuerte influencia en cantantes y compositores pops de toda índole.
El impacto se extendió por toda Latinoamérica durante mucho tiempo, por lo que no paró de grabar: “Leonardo Favio”, “En concierto”, “Era como explicar”. Como pop star interpretó dos películas Fuiste mía un verano (1969, Eduardo Calcagno) y Simplemente una rosa (1971, Emilio Vieyra) sobresaliendo la primera, con inquietudes en lo formal, mezcla de documental y film de cantor. Su última actuación fuera del cine musical fue en Martín Fierro, de 1968, bajo las órdenes de Babsy. Aunque también lo ha negado, en medios más ligados al cine ha afirmado que cantaba para filmar. En los setenta, ya en colores, dirige Juan Moreira y Nazareno cruz y el lobo dos éxitos descomunales: la segunda sobrepasó los tres millones de espectadores. Pero convergió en un film amado por los cinéfilos Soñar, soñar: un fracaso que le impidió volver a filmar hasta 1991 en que comenzó el rodaje de Gatica, el mono. Es Leonardo Favio un personaje perspicaz y querido, respetuoso de la obra de sus colegas, tanto actores, como cineastas o intérpretes musicales. Dijo alguna vez: “Si me dicen en la canción, ahí me ganan por K.O. muchos; pero en cine soy el director más importante de habla hispana”. Pero la música, más centelleante, sorpresiva lo mantiene vivo por su facilidad de aparecer y desaparecer, a diferencia del cine. Aquel “Fuiste mía un verano”, con temas como “Amanecer y la espera”, “Ni el clavel ni la rosa” o “Quiero aprender de memoria” va a dar pelea un largo rato. No ganará por K.O. pero de seguro sobrevivirá unos cuantos rings.
Reynaldo Vieytes