En el teatro Abasto Social Club se presenta una nueva puesta de “La tercera parte del mar”, obra del enigmático autor Alejandro Tantanián. Dirigida por Gerardo Begérez e interpretada por Gerardo Otero y Natacha Codromaz, esta versión ofrece aciertos, pero también renueva una polémica inherente a un modo de dramaturgia, en el que, muchas veces, tristemente, es más interesante la discusión que puede generar, que el texto mismo. De ese punto partiremos.
Hablar del argumento quizá no sirva, ni sea lo correcto. Habría que encadenar palabras, como en un dictado: incesto, muerte, desquicio, fetidez… Sí podría decirse que el género al que más se acerca es el terror.
Como alguna vez definieron la prosa de Leopoldo Lugones, este tipo de textos son “una diarrea de perlas”. Promontorios poéticos cada tanto, carentes de una estructura fuerte, terminan incluso impidiendo que los actores logren encarnar un crecimiento del personaje, así como unidad en los mismos. Se pierde parte de lo desafiante del hecho teatral. Los personajes no son más que un receptáculo de frases y acciones contadas.
No avanza la trama, pero tramposamente sí crece la tensión, aumentando gradualmente lo violento en las escenas; la diferencia entre alguien que va cada vez más enriqueciendo un concepto y otro que dice cosas inconexas pero cada vez más a voz en cuello.
Tantanián seguramente desea que, al uso de parte del nuevo teatro, cada espectador arme su propio texto; pero ocurre algo adverso. El espectador desconfía de la historia y deriva su atención hacia particularidades más asibles: atmósferas, sutilezas, actuaciones, escenografía. Y en todo esto, la puesta del teatro Abasto Social Club interesa. Hay un comienzo imponente que promete grandilocuencia, algo cercano al gran teatro, esto es una exquisita integración del espacio: en vez de fondo oscuro, hay un vistoso ventanal por el que entran los personajes. Esa visual genera un clima casi cinematográfico que fascina. Ayudado esto también por los efectos de sonido, cuidados, pero tal vez una muestra más de la debilidad y falta de coherencia del relato, como para necesitar ser reforzado por efectos. A pesar del talento del equipo, la obra no termina nunca de remontar.
El verdadero terror es el que nos queda en el pecho, reverberando. Y aquí, le gana a esto lo atractivo, lo bello, de la puesta.
Reynaldo Vieytes