Luego de la trilogía que retrató la clase media, la clase media alta y la clase media baja a través de las películas El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia y Luna de Avellaneda, respectivamente, la dupla Campanella-Darín arremete con El secreto de sus ojos, el filme con el que soñaba el cine argentino. Y su público.
Benjamín Expósito (Darín), un ex empleado judicial, decide escribir una novela cuyo disparador no es otro que un caso que lo ocupara más de 30 años atrás: un bestial asesinato de una joven mujer. Cuándo se lo plantea a Irene Hastings (Soledad Villamil), el rostro de ella, con quién él tuvo un romance frustrado, se oscurece. Eso es todo lo que se puede esbozar del argumento, porque desde la primera mitad, la trama es un aluvión de sorpresas.
Basada en la novela “La pregunta de sus ojos" de
Eduardo Sacheri, el filme tiene un entramado complejo que se acerca más al policial, pero como conocemos el quién y el como ya antes de la mitad, luego se va ramificando en thriller, suspenso, hasta en un filme “romántico” que más que de amor, habla de la pasión entre el hombre y la mujer. Pasiones que siempre quieren terminar en el ocaso, plantea el filme en sus momentos más angustiantes.
El secreto de sus ojos coloca al cine argentino en un lugar de consagración, ya no sólo hay un buen guión, con temáticas densas, y buenas actuaciones, sino también brillante pericia técnica como lo demuestra ese osado plano secuencia (al menos al ojo del espectador) que comienza en un plano general de la cancha de Huracán y pasa a lo particular: la persecusión al asesino por los pasadizos del estadio.
Inmediatamente, a horas de estrenarse la película estaba primera en recaudación. En épocas de modorra para nuestro cine, El secreto de sus ojos demuestra que hay un público que se rinde ante un buen trabajo. En el aplauso final, el espectador devela que el secreto… es el talento.
Reynaldo Vieytes