Ya convertida en un clásico la “Babilonia” de Armando Discepolo, no deja de fascinar por su idea simple pero genial: ese paralelismo entre la Argentina de principios de siglo y aquel mito bíblico que cuenta sobre la ambición del hombre y el consecuente castigo bestial: todos abandonaron la lengua única y empezaron a hablar diferentes idiomas.
Discepolo toma ese instante de extrañeza en que esos seres humanos, obligados a estar juntos y no poder entenderse, encienden sus rasgos más mezquinos. Y lo hace desplegando la idea sobre ese orbe cosmopolita que era Buenos Aires a principio de siglo. Durante poco más de una hora, 80 años después, tenemos vivo ese fresco.
Con dirección de Eduardo Pavelik y Luis Roffman, esta puesta logra un brillo propio, por su meticulosidad, pero también por los riesgos que asume.
El nivel actoral es muy bueno y parejo. Muchos de estos jóvenes actores dejan ver una gran investigación sobre los tipos que exige “Babilonia” y mucho de nuestro teatro de entonces.
Una mención destacada merece el equipo de arte. Majo Gómez Amaya y Cintia Vallejo visten a los personajes con un pie en lo tradicional y otro en sus búsquedas personales, logrando un resultado diferente, lo mismo que Laura Echegoyen en la escenografía, gráfica y funcional, pero también ambiciosa.
Risueña, cándida y también lúcida, la obra nos muestra al ser humano desnudo, dejándonos ver que no mucho ha cambiado desde entonces.
Reynaldo Vieytes